Charles Dickens se planteó en varias ocasiones escribir una secuela de Cuento de Navidad.
En la primera continuación que se le ocurrió, un tanto ácida, las familias del pequeño Tim y de su sobrino tangaban al pobre míster Scrooge, que se quedaba sin una sola libra y terminaba durmiendo en la calle más miserable de Londres. Muchos afirman que ese fue el auténtico destino del afamado personaje.
La otra idea que tuvo Dickens, y que nunca llegó a plasmar en el papel, fue la de presentar al señor Scrooge otra vez indignado con la Navidad, pero no por odiarla en sí, sino por detestar la que celebraban los que le rodeaban, entregados al consumismo, al gasto gratuito…
Si lo pensamos bien, y aunque conozcamos tan bien el cuento, las fiestas navideñas que celebramos –con los regalos, los adornos, las luces, las juergas, el follón, los amigos invisibles, las comilonas, los dulces, etc.– poco tienen que ver con el espíritu navideño.
Rodeados de fantasmas, el mensaje de los cuatro fantasmas de Cuento de Navidad se pierde en el ruido ensordecedor, cegador y aturdidor del cada vez más largo periodo navideño… mientras Mr. Scrooge, entristecido, grita en el desierto, rodeado de gente comprando cualquier cosa.


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