Artículo publicado en ABC el 3 de enero de 1999
No he estado nunca en Baqueira Beret y carezco de eso que llaman teléfono “móvil” y que, en el mejor de los casos, es portátil; es decir, soy un individuo marginal. Me irritó, por zafio, el programa de Los Morancos en el fin de año de TVE y me atosigó ver, en todas las cadenas, el “spot” de las doce campanadas desde la Puerta del Sol que se incrustó en un más amplio programa de anuncios y mensajes publicitarios; en consecuencia, soy un inadaptado cultural. La mentira me resulta execrable y quienes mienten con cargo al Presupuesto me parecen abyectos; en conclusión, estoy incapacitado para lo políticamente correcto. Lo digo para que nadie se llame a engaño y se entiendan estos recuadritos como lo que son: una voz crítica e independiente y no como lo que no son: una orientación de provecho.
En este 1999 que se nos anuncia cuajadito de convocatorias electorales, los ciudadanos que no chupamos de la teta pública tenemos una oportunidad única. Por la vía de una más fina selección del personal representativo podemos contribuir al implante de valores éticos en nuestra vida política. Nuestra musculatura económica es cada día más potente y eso está muy bien. El cuerpo nacional se robustece, pero el espíritu de la Nación parece cada día más flaco y enfermizo. Unos, muchos, dejan de comer y se hacen anoréxicos y otros muchos dejan de pensar y se acostumbran a ser súbditos con voto.

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