Para: Daniel Martín
De: Salvador Monsalud
Asunto: Polarización genética
Enviado: 11 de febrero de 2056
Recibido: 11 de febrero de 2026
Estimado Daniel:
Sinceramente, no bromeo cuando afirmo que no recuerdo si en su época se hablaba de taifas o de comunidades autónomas, pero sí me acuerdo de que justo en aquel final de 2025 y principios del 26 se encadenaron varias citas electorales en las que creció sobremanera el voto al populismo dizque de extrema derecha.
En concreto me acuerdo la cita de Aragón, porque me sorprendió que muchos medios relacionasen el ascenso populista con una confirmación de la polarización política. Por favor, si solo durante el último cuarto de siglo XX, y de aquella manera, se mitigó la vieja división cainita de los españoles a la que tan lúcidamente se refirieron pensadores como Unamuno o Madariaga
En 2026 llevaba yo lustros sin hablar de política con nadie… lo que no dice mucho de mí. Pero me hastiaba conversar con gente de bien que, en cuanto se trataba de creencias ideológicas, cortocircuitaba cualquier atisbo racional y comenzaba a lanzar sus ideas como auténticas armas arrojadizas. Mucho me temo que, en cuestiones políticas, religiosas, futbolísticas… el cerebro límbico se impone y la gente se vuelve −aún más− estúpida.
Aquello de Aragón solo fue un paso más en el lento declive del planeta. Pero, como en la película Regreso al futuro, he decidido no desvelarle nada acerca de su futuro más cercano.
Pero no me resisto −para eso son estas cartas, ¿no?– a contarle más sobre mi época, no tan lejana, en ningún sentido, a la suya.
A principios de los años 30 la ciencia confirmó que la estulticia formaba parte del código genético de la especie humana −y comenzaba a imponerse la idea de que el progreso humano es fruto de la magia y/o los extraterrestres−. Por eso, partiendo de los postulados de Aldous Huxley en Un mundo feliz −que muchos consideraron no una novela sino un tratado científico− comenzó a implantarse en los fetos las directrices ideológicas del incipiente individuo.
Así, según lo inscrito en el ADN, este sujeto crece de izquierdas o de derechas, aunque nunca nadie ha conseguido explicarme cuál es la enjundiosa diferencia entre unas y otras. De este modo se consigue cierto equilibrio y, en la práctica, que la gente crea estar viviendo en una democracia −cuando las decisiones las toman unos pocos, y no precisamente lo más moderados−.
Esta ingeniería socio-genética añadió el elemento «adscripción política» al viejo lema «pan y circo». Pero de mentirijilla, se entiende, porque en mi día la política es tan solo una competición deportiva más… hasta el punto de que muchos confunden las citas electorales y futbolísticas de los domingos −no así las casas de apuestas, que cubren gustosas los dos eventos, aunque solo los segundos se pueden considerar de masas−.
Como la libertad humana al final se cuela por cualquier rendija, y muchos ciudadanos −súbditos− no terminan de sentirse a gusto con la ideología que les ha tocado en suerte en el laboratorio, hace dos años se permitió cambiar de bando si así se desea. Solo hay que encontrar a alguien que compense esta marcha, y se hace un intercambio como el que proponen los soldados al principio de la película La vaquilla, que creo ya estaba cancelada en la época en que usted vive.
Queda mucho que contar sobre cómo no funciona la −no− política en 2056, cómo siguen naciendo miembros de la gran familia atlética a pesar de los intentos de erradicarla y cómo se reeduca en campos de internamiento a los ciudadanos a los que se denomina tibios o equidistantes −por ejemplo, Baroja, Couchoud o servidor−… pero no me quiero extender más… que me toca asistir a una la lección de urbanidad… impartida por cualquiera de los cientos de millones de funcionarios del Estado/Unión.
Reciba un cordial saludo,
Salvador Monsalud


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