Artículo de Manuel Martín Ferrand publicado en ABC el 16 de marzo de 2002
Cuando Metternich, en 1814, convocó el Congreso de Viena, tras la primera derrota de Napoleón, para buscar entre todas las naciones europeas un nuevo equilibrio de fuerzas, acudieron menos jefes de Estado y de Gobierno de los que pasan este fin de semana en Barcelona en la celebración del Consejo Europeo que marcan la rutina y el turno europeos. Lo que allí acordaron, que tampoco fue mucho, sirvió como doctrina suficiente para el orden internacional de casi dos décadas. Es decir, generalizando, que los bisabuelos no se reunían nunca; los abuelos, poco; los padres, algo y nosotros, los del hoy, apenas dejamos de estar reunidos. ¿Cuántas cumbres —de la UE, del FMI, del G-7, del World Economic Forum, de la ONU…— tenemos previstas para este año?. El mero hecho de que esa pregunta tenga sentido, no suene a despropósito, es la demostración de que la política internacional es un subsector en el negocio turístico y, sobre todo, la evidencia del gran fracaso de quienes tratan de alborotar en Barcelona para predicar que la globalización es el cuarto enemigo del hombre, tanto como los más tradicionales demonio, mundo y carne.
Estamos globalizados, con cuanto ello significa de esperanzador y de inquietante, y ello se debe, en buena medida, a la liturgia de las cumbres permanentes que marcan el ultimo cuarto de siglo y que se fortalecen desde la caída del Muro de Berlín. Ahora llega el momento de viajar menos, de organizar menos fastos triunfales, y de profundizar en el sentido que marcan estos ritos cósmicos, de explotar el éxito como dicen en lenguaje castrense. Como, en fenómeno paralelo —o de reacción— con la globalización crecen y se intensifican los sentimientos locales habrá que dibujar la filigrana para que lo uno quepa en lo otro; pero sin detenerse porque la suma de los bienes que aporta la circunstancia es muchísimo más grande que la de los daños que, potencialmente, pueda acarrear. El carro está en marcha y los frutos que ya se conocen de esta cumbre de Barcelona, a la que todavía le resta un buen trecho, son méritos que no se le deben discutir a su organizador, José María Aznar. Son suficientes para seguir construyendo la Europa de los Quince y preparando la, tan deseable como difícil, incorporación de los aspirantes del Este. La UE, todavía escasa y poco densa, va ensanchando y fortaleciéndose con estos acontecimientos que, de una parte, ya resultan excesivos, folclóricos o machacones y, de otra, hacen cierto lo de que el roce genera el cariño y el deseo. Del mismo modo que las montañas parían los ratones, Europa se va alumbrando a sí misma. Fasto va, fasto viene. Romper la inercia de los siglos tiene su coste.

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