Artículo de Manuel Martín Ferrand publicado en ABC el 21 de marzo de 2003
Confundir los fines con los medios puede ser, entre personas escasas de talento, un error pueril y, en ámbitos de mayor cualificación mental, una clara manifestación de impostura. Como no entra dentro de nuestras posibilidades la evaluación científica del desarrollo intelectivo de los líderes mundiales que han determinado el inicio de la II Guerra del Golfo, queda para cada uno el discernir si estamos ante un gigantesco error o una extralimitación perversa del poder. En el fondo es lo mismo. Pasados los años la Historia juzga con el mismo rigor a los tontos que a los malos con la ventaja para estos últimos de que, en ocasiones, aciertan.
Lo cierto es que, por lo uno o por lo otro, los españoles vivos, aún los longevos, nos vemos involucrados por primera vez en nuestras vidas, con papel coprotagonista, en la decisión política de una guerra internacional. Según José María Aznar, ello no conlleva compromiso militar alguno. Según TVE, ayer salieron de la base naval de la Rota tres buques de la Armada “con cargamento humanitario”. Si miro a la fragata “Reina Sofía”, la veo cargada con lanzadores de misiles y lanzatorpedos. En el caso del buque de asalto anfibio “Galicia”, el telediario le convirtió, quizás para eliminar suspicacias, en “buque anfibio”. La información puede escamotear, con facilidad, un “asalto” pero el barco y la realidad son los que son. No es fácil imaginar una eslora de 160 metros avanzando por una carretera. Ni en Irak.
El fin que se pretende con las acciones que se han puesto en marcha puede, o podría, ser benéfico y hasta benemérito; pero los medios tienden a rebajar su valor potencial. Aún en el escenario más favorable entre los posibles –una guerra corta en días y víctimas–, con el final del derrocamiento de Sadam Husein, será una guerra contestada por una inmensa mayoría de los países del mundo y, lo que es tanto o más significativo, por la mayoría de los ciudadanos de los países que respaldan la decisión de George Bush. En ese caldo social la victoria quedará empañada por un generalizado descontento y, lo que es peor, el diálogo internacional, gravemente dañada la ONU y prácticamente destrozado su Consejo de Seguridad, resultará más difícil de lo que lo era unas horas, y unos días, antes de que los misiles comenzaran a llover sobre Bagdag.
Pericles presumía de que la grandeza de Atenas se sustentaba en que los ciudadanos atenienses tenían bien asumida la necesidad ética de que el pensamiento se anticipara, en cualquier circunstancia, al acto político. Está claro que el trío de moda, el que integran el imperial George Bush y sus adjuntos Tony Blair y José María Aznar no son Pericles ni nosotros, sus vecinos, atenienses. Organizar en armonía la convivencia de las personas, la esencia del arte de gobernar, no es hoy una exigencia, quizás tampoco una posibilidad, de quienes ocupan el turno del poder.

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