Artículo de Manuel Martín Ferrand publicado en ABC el sábado 8 de enero de 2000
Según dice la ONU, confirma la UE y, sobre todo, salta a la vista, padecemos en Europa una epidemia de esterilidad que cursa en España con fuerza especial. Salvo en los barrios periféricos de las grandes ciudades, es crecientemente difícil ver un niño por la calle y una mujer grávida ha pasado a ser una –hermosa- rareza biológica. Importan poco las causas que determinan tanta infecundidad. Pueden ser culturales, económicas, religiosas o de cualquier otra naturaleza antinatural, pero lo cierto es que no hay niños y que la población tiende a envejecerse y decrecer. Somos menos y, por eso mismo, estamos más tristes.
Lo deseable sería, supongo, que entrásemos todos en arrebato reproductor y que los jóvenes soñaran antes con un monovolumen de siete plazas que con un deportivo de sólo dos, pero el miedo al futuro, la afirmación laboral, el estímulo del falso bienestar y la pereza tiene a nuestras mujeres fértiles en huelga de úteros caídos y los pocos espermatozoides que inician el viaje se las ven, antes que con los óvulos, con el látex, los diafragmas, la química e, incluso, con la soledad.
En consecuencia, para mantener la población y los servicios y para que el país no se convierta en una residencia geriátrica, es necesario recurrir a la inmigración. En USA, donde las tasas de natalidad son más altas que en Europa, ya las ven venir y el pasado año admitieron la nacionalidad, o la residencia, de un millón de extranjeros. Aquí habrá que ir haciendo lo propio y, al margen de chapuzas como la Ley de Extranjería, sería deseable planificar adecuadamente la llegada de los diez o doce millones de inmigrantes –más de doscientos mil al año- que deberemos acoger, y de buen grado, en los próximos cincuenta años.
A partir del principio de que el mestizaje siempre termina por ser benéfico, ¿qué nuevos vecinos nos convienen más?. En Iberoamérica la situación económica de muchas repúblicas establece una cantera migratoria de gran afinidad cultural y en el Este europeo, idioma aparte, ocurre tres cuartos de lo mismo. El Norte de África, por razones de proximidad, es hoy el manantial más frecuente. Sería una gran torpeza dejar que el diseño de la población en el XXI se le encomiende a la casualidad. Habrá que compensar la aridez poblacional con la planificación lúcida y ese si que es un problema de Estado.

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