Artículo de Manuel Martín Ferrand publicado en ABC el 10 de mayo de 2000
Hablar, lo que se dice hablar, es cosa fácil. Lo hacen hasta los reclusos del penal retribuido de “Gran Hermano”. Decir algo ocurrente, nuevo, sentencioso y medianamente lúcido resulta más difícil. Lo saben bien los periodistas obligados a hacer la recensión de los discursos políticos que, en la mayoría de las ocasiones, sufren dolores de parto –el periodismo se ha hecho femenino- para encontrar una frase que conducir, escoltada entre comillas, ante el tribunal de la opinión pública. Conversar, intercambiar ideas y palabras, es, además de difícil, extraño.
La vida política española de hoy, fuera de las funcionales tareas del Gobierno, está tan llena de apriorismos y prejuicios que, de hecho, cursa en silencio. El efecto de las palabras es, meramente, una circunstancia ambiental, como los ruidos de la banda sonora en una película de acción. Se advierte al concentrar la atención en el “problema vasco”. Están más vivas las palabras de José Luis López de la Calle que excitaron el ánimo de sus asesinos que las dichas en el dolor de su muerte. Aquellas comportaban valor, imaginación y riesgo y estas, sólo, dolor, costumbre y compromiso.
La pereza mental que nos es tan familiar y querida, favorece las acuñaciones y, en consecuencia, se descuenta el sentido de las palabras para fijarse sólo en el valor establecido, simbólico, de quién las pronuncia. Es como aquella tertulia de graciosos en la que todos, de tanto conocerse, habían llegado a numerar sus chistes. “El veintitrés”, decía uno, y todos estallaban en carcajadas. “Pues a mí me gusta más el catorce”, replicaba el disidente. Aznar, Mayor, Redondo, Arzallus, Ibarretxe y demás actores en la dolorosa tragedia nacional –lo vasco es sólo el escenario- hablan, cuando lo hacen, por no callar; pero la realidad, contumaz, no favorece el necesario diálogo que, sabe Dios entre quiénes y quiénes, pueda conducir al apunte de una solución eficaz y definitiva para un problema tan absurdo como real.
Benito Pérez Galdós, Azorín y Rafael González Madrid –“Machaquito”- eran tres maestros, cada uno en su estilo, en el arte del silencio. Los escritores y el torero competían en mutismo. Cuentan que un día se encontraron, mientras paseaban, en el Jardín Botánico de Madrid. Se saludaron, se sentaron juntos y pasaron las horas sin tan siquiera susurrar una palabra. Ya anochecido levantaron la sesión y al despedirse dijeron: “¡Qué buena tarde hemos pasado juntos!”. Sea cual fuere el banco, o la mesa, de la conversación, sin ella –sin el diálogo de todas las partes implicadas- el “problema vasco” seguirá ahí, desangrándose y doliéndonos: atrancando las puertas del futuro. No vale lo del Botánico.

0 comentarios